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Todo comenzó en el viejo Independiente

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El 26 de febrero cumple 50 años el Club Atlético San Miguel, una de las instituciones señeras de nuestro medio y La Voz de Las Heras lo recordará con una serie de notas en las que se reflejan cuatro de las etapas más significativas de la entidad marrón. En breve aparecerá un libro de Horacio Mercado homenajeando a quienes pasaron por la institución y sus momentos más recordados, algunos de los cuales revivimos en estas cuatro notas que hablan de aquel sueño de un grupo de jóvenes, hoy transformado en realidad.

Dirigentes y jugadores, la misma pasión  

Vamos cerrando la nota en la redacción de La Voz, después de compartir decenas de anécdotas que ambos cuentan con maestría, cuando Víctor y Coco se despiden con un abrazo y alguna lágrima traicionera que disimula las sonrisas que disfrutamos durante la nota.

C.B.: Sólo le pido a Dios que me de vida para celebrar los 50 años de San Miguel.

V.D.: Seguro que ahí estaremos todos, los primeros que soñamos un imposible, los chicos que hoy continúan el camino y todos los que hicieron posible aquella locura. Tenemos que estar muy agradecidos porque son muchos los que pusieron su granito de arena para lograrlo.

Como Beccaría y Víctor Di Tata son dos de aquellos fundadores. Uno como jugador, otro como dirigente. Dos símbolos de aquellos comienzos de sueños juveniles, hoy convertidos en realidad.

“Hay quienes recuerdan que en un Baby de Villars, unos años antes, ya había jugado un equipo con el nombre de la Tienda San Miguel (mítico comercio herense ya desaparecido que allá por la década del 60 – y por muchos años más también – se encontraba en la esquina de 25 de Mayo y Pordomingo – entonces Mitre). Yo, un año antes, había armado un equipo para jugar en el Independiente (la cancha estaba en la vieja Sociedad Española – entre el cine y las vías). Pero era un grupo de entusiastas nada más, creo que jugamos dos partidos y afuera).

Al año siguiente viene a verme Jorge Del Valle porque habían armado una selección con los mejores jugadores de esa época para jugar en ese mismo campeonato que, por entonces, convocaba a multitudes lunes, miércoles y viernes. Siempre salían campeones los de afuera, porque los de acá jugaban separados. Quería ver si la tienda le bancaba la inscripción si nosotros no entrábamos. La idea estaba muy buena y se lo hablé a Bebe (Arregui, uno de los propietarios de la Tienda). Él nos dio el OK y así arrancamos”, recuerda hoy Víctor Di Tata, quien fuera el segundo presidente de la institución (el primero fue el recordado Pedro Zamora).

Víctor, por entonces empleado del comercio, rememora aquella anécdota y pone luz sobre uno de los mitos que sobrevuelan la historia del club: el color de la camiseta.

Víctor Di Tata en la vieja tienda San Miguel. De una de esas bobinas de tela salieron las primeras camisetas

“Teníamos que comprar camisetas, pero no teníamos una moneda. Estábamos con Coco (Mercado) en la tienda y yo veo en uno de los estantes una bobina con un montón de tela marrón que hacía años que estaba ahí, porque no la compraba nadie. Le digo: “Y si se la mangueamos a Bebe?”. Enseguida lo fuimos a ver y nos las donó de una. Ahí nomás nos pusimos a diseñar la camiseta. Le agregamos el cuellito, las mangas y una franja vertical sobre el costado derecho con un cuadrillé marrón y blanco y una tirita del mismo color arriba del bolsillo. Con el tiempo le sumamos un escudo que diseñó Coco y que se lo poníamos con alfileres de gancho. Las primeras camisetas las confeccionó Nelly Arregui, la tía de Juancho y de Pedrito (Zamora)”.

Lo cierto es que aquel equipo (que en realidad fueron dos porque eran tantos los muchachos que querían jugar que armaron uno fuerte con los mejores (A) y otro con los demás (B) llenaba el baby cada vez que jugaba, a tal punto que el día de la final con San Martín de Cañuelas se calcula que había más de mil personas subidas a los alambrados, a las plantas, las ventanas del cine y hasta en el mostrador de la cantina que estaba donde hoy está el Materno.

“El equipo era Osvaldo (Barra), el Mono (Rodolfo Ibarrat) y el Huevo (Roberto Semino), Jorge (Del Valle), Cacho (Matute) y Michi (Semino). También jugaba mucho Tomasito Martínez. La final terminó uno a cero. Centro de Jorge Del Valle y palomita de Michi Semino. El Independiente se venía abajo”, recuerda Coco Beccaría que ese campeonato jugó en el B, pero que terminaría siendo el “4” del primer equipo marrón en la Liga.

“Jorge jugaba en Rivadavia, el Mono en Palermo y Michi en Las Delicias. Todos equipos de la Liga de Lobos. Después que terminó la final fuimos todos a festejar a lo de Matute. Había un huevo de Pascua que pesaría como 20 kilos y Oscar (el padre de Cacho) había prometido romperlo si salíamos campeones. Cuando llegamos al bar lo rompió y comieron chocolate hasta los que se bajaban del tren. De ahí nos fuimos al Sportsmen y seguimos los festejos. En un momento creo que fue Jorge (Del Valle) el que propone participar en la Liga de Lobos. Para eso había que fundar un club. Era tanto el embale que enseguida nos organizamos y fuimos a la Liga para ver qué se necesitaba”, recuerda Coco que en alguna oportunidad acompañó a los hermanos Pedro y Juancho Zamora que se iban en tren a Lobos todos los lunes.

Arrancar con el pie izquierdo

Armar los equipos no fue tarea complicada porque sobraban jugadores para primera y reserva. El problema es que nunca habían jugado todos juntos en cancha grande (aunque había un antecedente de un equipo obteniendo un torneo en el Estadio Municipal). “El técnico era Juanito Riego, pero empezamos perdiendo. Perdimos los dos o tres primeros partidos y de ahí en más empezamos a ganar y llegamos a la última fecha con un punto menos que Rivadavia a quien enfrentábamos en su cancha”, recuerda Coco.

Coco Beccaría y las primeras camisetas del Marrón. El nene? Su hijo Diego.

L.V.: O sea que al principio fue complicado?

C.B.: Sí. Eran todos equipos de Lobos. Los únicos de afuera éramos nosotros. Recuerdo que un domingo le ganamos a Palermo y en la reunión del lunes nos pidió los puntos porque el Mono Ibarrart jugaba el sábado para Ituzaingó (en la D) y el domingo para San Miguel. Pero resulta que ellos lo sabían porque hasta el año anterior hacía lo mismo, pero jugando para ellos. Nos juntamos en una reunión para ver cómo hacíamos el descargo y Juancho propuso que lo viéramos a Rulo Robles para que lo escribiera. Mandó una carta que en el segundo párrafo ya los tenía a todos convencidos. Cuando terminaron de leerla, faltó que nos aplaudieran. El Mono no pudo jugar más, pero a San Miguel no le hicieron nada”.

La última fecha había comenzado bien con un gol de Tomasito Martínez desde muy lejos, pero después empataron los de Empalme y el campeonato quedó para Rivadavia, aunque los debutantes se quedaron con la sangre en el ojo. Pasarían siete años para que se hiciese realidad la primera de esas vueltas olímpicas que hoy tienen a los herenses como el segundo club con más títulos de la Liga, aun habiendo jugado la mitad de los campeonatos.

Víctor escucha con atención el relato de Coco y recuerda aquellas primeras camisetas, los botines Fulvence que “La Tienda” le “donaba” a más de un chico que no se lo podía comprar. “Nos juntábamos todos en el Sportsmen – dice -, pero no era fácil sostener la economía del Club, hasta que un tiempo más tarde, decidimos alquilar un local y armar nuestra propia sede. Le alquilamos un salón a María Aón y ahí (frente a la Plaza, al lado del recordado Don Gregorio) armamos la sede. Coco Mercado y yo atendíamos hasta que se hacía la hora de ir a trabajar en la tienda. En ese lugar festejamos nuestro primer campeonato.  

L.V.: Coco: ¿te acordás del primer equipo?      

C.B.: El mellizo Soler; yo, el Mono (después Beto Cano), el Huevo Semino (tenía 17 años) y Juancito Guarnieri, que también trabajaba en la Tienda, pero en Marcos Paz, hoy vive en Chivilcoy); Jorge Del Valle (tremendo crack), Tomasito (Martínez) y Nelson (Castelli, un talento, pero lo más despelotado que había. Lo teníamos que ir a buscar a la casa. Un día salió medio dormido y me dice: llevame el bolso y me da una media. Era todo lo que tenía para ir a jugar); adelante el Mago Toranza (después vino un tal Monetti que era de Morón, creo), Cacho Matute (se cansó de hacer goles) y Michi Semino.

De aquel presente a puro romanticismo a este presente han pasado cinco décadas y muchas historias que iremos contando en las próximas entregas.  


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