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UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE

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Nely Bevilacqua tiene 70 años (los cumplió en el octubre último) y después de tres expediciones a la Cordillera de Los Andes con la Asociación Sanmartiniana de Lobos había decidido que el del 2022 había sido el último.

Pero el de este año terminaría siendo distinto porque era llevado adelante por los senmartinianos herenses que encabezaba su hija Lorena. Aún así había decidido que no iría, pese a que la preocupaba no estar cerca de “la nena” para cuando la necesitase y después de tres campañas juntas.

“No tenía tampoco la posibilidad económica de afrontar el viaje, pero Estela, una sanmartiniana de Cañuelas que siempre nos acompaña en los encuentros, me dijo que tenía que ir y que ella me pagaba el viaje. Al principio me negué, pero después terminé aceptando, con la condición que ella viniese con nosotros. Todo estaba bien hasta que Estela se enfermó y no pudo hacer el viaje. “Andá vos que para el año que viene me recupero y vamos juntas” me dijo y fue una promesa que deberé cumplir.

A esta altura del partido habrá quienes admiren que una mujer y a su edad le haga frente a este viaje de casi una semana por la cordillera, a caballo y durmiendo en carpas o dónde se pueda.

Pero, claro está que Nely no es ninguna improvisada en todo esto, porque las tareas rurales y cabalgar fueron actividades que hizo desde que tiene uso de razón.

“Yo nací en Navarro y fui los primeros años a la escuela allá, pero después mi papá vino como tambero al campo de los Echegaray en el Cuartel IV y terminé la primaria en la Escuela N° 4. Desde chicos que andábamos a caballo para apartar las vacas, cambiarlas de potrero o traerlas para el tambo. Ahí nos tocaba apoyar” recuerda Nely y para los que no están compenetrados con las tareas rurales, les decimos que “apoyar” es lo que se hacía antiguamente en los tambos a mano (no existían los mecanizados) cuando se acercaba el ternero a la ubre de la madre para que mamara con el propósito que a esta le bajara la leche y luego se lo ataba a la mano de la vaca para poder ordeñarlas; finalmente el tambero soltaba la cría que terminaba de sacar la poca leche que quedaba. Estos trabajos generalmente eran tareas de los “boyeros” que podía ser un peoncito contratado o un hijo (o hija) de la familia que, generalmente, no tenían más de 10 o 12 años, porque después ya pasaban a ser ordeñadores.

En el Cuartel IV creció Nely y allí estuvo hasta que, hace algo más de 47 años, conoció a su esposo (él dice que ya la había “fichado” algunos años antes) y con Carlos Baca formaron su familia y se instalaron en la Estancia El Durazno, entre La Fe y Enrique Fynn.

En el campo de los Anasagasti estuvieron más de una década. Eran dos mil hectáreas y había que recorrerlas a caballo todos los días. Paralelamente a ello, Carlitos amansaba los potros de los patrones y otros que le traían y ella, tanto ayudaba a recorrer los potreros como era la apadrinadora cuando su esposo le daba las primeras domas a las bestias.

Tiempo después recalaron en un campo de la ruta 40 (entonces 200), también dedicado a la cría y engorde y en donde Carlos siguió despuntando el vicio del tambo, esta vez con animales propios que hicieron que, un buen día, le dijese al patrón que no le pague más el sueldo, pero que lo deje seguir teniendo las vacas y haciendo el tambo con el que fabricaban masa, Finalmente terminaron como bolicheros en la parrilla de la Curva del 77, casi en el deslinde con Navarro.

“Estuvimos siete años ahí. Los chicos se habían venido al pueblo para estudiar y nos quedamos solos. Carlos salía a trabajar a un campo vecino y yo me encargaba de las tareas de la casa, criar algunos lechones para vender y de atender la parrilla. Un día vinieron dos tipos como a comprarnos lechones y, después de conversar un rato, uno me va a dar la mano para despedirse y. cuando yo me acerco, me agarra del cuello y el otro me apunta con un arma. Buscaban plata y teníamos la que habíamos cobrado de la masa que fue lo único que les dí, porque teníamos más y me amenazaban con matarme a los chicos, pero no les aflojé. Me dejaron atada de pies y manos y, cuando pude zafar, agarré caballo para ir a buscar a Carlos, pero cuando estaba cruzando la ruta, veo que viene un patrullero, le hago señas y paran, pero no pudieron hacer nada porque los tipos desaparecieron”, nos cuenta hoy desde su casa en la calle Maipú, sede obligada de las reuniones de la Asociación Sanmartiniana Gral. Las Heras “El León Invencible, alrededor de cuya parrilla se pergeñan muchas de las actividades de la institución que preside su hija Lorena, entre ellas este último viaje a la cordillera.

Después del sabor amargo de saber de la enfermedad de su amiga Estela y con la firme convicción que ahora este ya no sería el último viaje, sino que estaba en pie la promesa de emprenderlo junto a su amiga el año que viene, el desafío era más grande, pero todo salió como estaba planeado.

“Cada viaje es distinto, cada expedición tiene nuevos desafíos y anécdotas que lo hacen único. Dos cosas estuvieron a nuestro favor este año. Una fue que el viaje estaba organizado por la gente de Las Leñas y estuvieron en todos los detalles, desde las dos noches de alojamiento en el hotel hasta la comida durante la travesía que fue de primera, ya que no nos faltaron los asados, los cabritos a la cruz o los guisos de cordero que estaban muy buenos. Otra ventaja fue que éramos pocos y pudimos estrechar más los lazos entre todos, conocer sus historias y compartir momentos que, muchas veces, no se pueden hacer cuando el contingente es muy grande. Lo malo es que tuvimos dos días de lluvia que fueron incómodos, pero que terminaron siendo una anécdota más del viaje”, nos cuenta entusiasmada al recordar los momentos vividos y hablar de lo que ha sido la experiencia.

“Mirar todo lo que te rodea desde el lomo de un caballo y siendo parte de una caravana en la que van más de 30 jinetes serpenteando entre las montañas, no tiene precio. Es algo único que te sorprende a cada paso, en cada río correntoso que tenés que cruzar y en el que la fuerza del agua hace dudar a los animales y se lleva todo lo que cae al torrente. La naturaleza es increíble, todo es magnífico desde el vuelo majestuoso de un cóndor que planea sobre nuestras cabezas hasta el más mínimo detalle en el que están los arrieros, todos chicos muy jóvenes, pero que tienen todo re claro”, nos explica con precisión.

Alguna vez alguien dijo que tenía “70 jóvenes años”. No sabemos a ciencia cierta si conocía a Nely, pero se podría haber estado refiriendo a ella tranquilamente.

La esposa de Carlos, la mamá de Facu, Valeria y Lorena y la abuela de esos nueve nietos que van a su casa a buscar la complicidad de la abu, siempre dispuesta a darle todos los gustos, se tomará un respiro ahora, aunque su carácter inquieto hará que no sea por mucho tiempo y empezará a preparar ya el próximo viaje.

Si lleva 70 años a caballo, ¿qué le va a hacer una semana más?

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