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«YA VOLVÍ A ANDAR A CABALLO»

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El 25 de junio del 2022 era un sábado a pleno sol y en el Campo de Pato se estaba jugando el torneo M. Alfredo Azaro.

Todo transcurría con normalidad y un muy buen número de asistentes disfrutaba de nuestro deporte nacional cuando, de repente, el mundo se detuvo.

En la cancha N° 1, jugaba uno de los equipos locales, cuando el jugador N° 3 tuvo una rodada en plena carrera. Estaba terminando el tiempo y los que saben cuentan que su caballo estaba muy cansado y las manos no le respondieron por lo que rodó arrojando al jinete que cayó al piso y, cuando quiso levantarse, el propio animal literalmente lo pasó por arriba, golpeándolo en la cabeza y dejándolo inconsciente.

Desde un primer momento se supo que el accidente había sido grave y la presencia de la ambulancia, con un médico, en el lugar, algo que es reglamentario en el deporte, hizo que no se perdiera tiempo.

Inmediatamente a la guardia del Hospital y, sin pérdida de tiempo, las gestiones para que Nazareno fuese trasladado al Cuenca.

El pronóstico no era bueno y en el centro regional de salud, con sede en Cañuelas, fueron claros desde un primer momento: la vida de Nazareno estaba en manos de Dios.

Había que esperar 48 o 72 horas para ver cómo evolucionaba. Lo habían sacado de un par de paros cardíacos y, si salvaba su vida, no había certezas sobre las secuelas que le podía dejar el accidente.

Diego, su papá, es miembro de la Policía Federal y los superiores inmediatamente se pusieron a sus órdenes para llevarlo al Hospital Churruca aunque los médicos del Cuenca no recomendaban que el traslado fuese en helicóptero por lo que lo trasladaron en ambulancia. Llegó con vida, pero en una situación por demás delicada. Sus posibilidades eran casi nulas.

Hoy, Diego recuerda que los médicos le dijeron en todo momento que la situación era muy complicada, mientras el deseaba con todas sus fuerzas que se equivocaran.

Fueron días de gran angustia. Los compañeros de Nazareno, tanto en sexto año de sociales en el San Luis, como en la Brigada Juvenil de Bomberos y los pateros de Las Heras pedían cadenas de oración y rogaban que se concretara el milagro.

Nazareno tenía pocas chances de sobrevivir y, si lo hacía, ¿cuáles serían las secuelas? Desde cuadriplejia a un estado vegetativo, pasando por consecuencias neurológicas o motrices. Todas las alternativas eran difíciles de asimilar.

La mamá de Nazareno había fallecido tiempo atrás en la ruta 6 cuando conducía la traffic que trasladaba a las enfermeras del Cuenca y fueron chocadas desde atrás por un camión, accidente en el que también fallecieron otras dos trabajadoras de la salud de ese centro asistencial, por lo que la mayor parte del peso recaía en Diego, quien debía mantenerse fuerte por Nazareno, pero también por los mellizos Agustín y Nicolás, sus hermanos menores, que estaban al cuidado de los abuelos y tíos que se turnaban para que Diego se pudiese encargar de Naza.

Cada día que pasaba era un paso adelante, pero el joven no despertaba y el fantasma de las secuelas rondaba en los pensamientos de todos, al punto que hoy, el papá, reconoce que no era muy creyente, pero por esos días le pedía a Dios que no lo dejara sufrir y le prometía a la Virgen de Luján que, si Nazareno salía de ésta, iría caminando a Luján, algo que aún tiene pendiente.

Pero pasaban los días y Naza no despertaba. Los médicos le habían ido sacado la medicación para que despertara, pero esto no ocurría hasta que un día el papá advirtió que parpadeaba y, cuando uno de sus compañeros de la Brigada fue a visitarlo, le habló y Nazareno le apretó la mano.

Gracias a Dios, los médicos se habían equivocado.

La recuperación

Desde el primer día que despertó, la recuperación de Naza sorprendió a los médicos que veían atónitos como iba superando etapas rápidamente, a tal punto que muy pronto comenzaron a pensar que lo mejor sería trasladarlo a un centro de rehabilitación. Allí volvieron a interceder los superiores de Diego que hicieron que Nazareno fuese trasladado primero a una clínica y luego a la Santa Catalina donde seguía sorprendiendo a propios y extraños.

Cuatro meses después del accidente lo dejaron venir por primera vez a su casa en Las Heras y, a partir de allí, comenzó a hacerse costumbre que viniese los fines de semana. El domingo volvía a la clínica y los profesionales que lo atendían, anticipaban que, si seguía con esa evolución, para enero recibiría el alta y continuaría con el tratamiento ambulatorio.

Se movilizaba en silla de ruedas, pero uno de esos fines de semanas, a comienzos de diciembre, le pidió a su papá que quería dejarla y caminar por su cuenta. “Los médicos me habían dicho que lo acompañara en sus deseos, por lo que, con mucho miedo, dejamos que caminara dentro de la casa y yo iba detrás por si se caía hasta que un día me llamaron de la clínica porque querían hablar conmigo. Les dije que cuando saliera del trabajo pasaría por allí. Te juro que tenía miedo, pero me dijeron que Nazareno los seguía sorprendiendo día a día con sus progresos y que ya no sólo caminaba dentro de la clínica, sino que se había animado a salir a la calle, siempre con un acompañante terapéutico. El miércoles 21 de diciembre nos vinimos de alta”, recuerda Diego.

Los “Melli”, Nazareno y Diego. Como en los bomberos y en la vida, los Garnica siempre juntos.

La burocracia de las obras sociales

Pese a tener el alta, tendría que volver al Churruca cada 15 días y continuar la recuperación con sesiones de kinesiología, fisioterapia, psicólogo, terapista ocupacional, psicopedagogo y varios especialistas más.

Por la obra social de la Policía federal, todo ese tratamiento era gratuito en Capital Federal, pero el traslado en remis casi todos los días de la semana era imposible de afrontar y, además, a la familia le generaba temores que algo le pudiese pasar. Consultaron en el CERIN y decidieron que la rehabilitación la hiciese aquí y gestionar ante la obra social para que se haga cargo, mediante reembolsos.

La burocracia de las prepagas hizo que el trámite tuviese que pasar por tantos trámites que se fueron concretando paso a paso, con la esperanza que en tres o cuatro meses llegase la ayuda de la obra social. “Estamos en eso, pero, por ahora, nos tenemos que hacer cargo de todos los gastos, los que representan unos 170 mil pesos por mes. A lo mejor, el remis nos hubiese costado 150, pero ahora yo me quedo tranquilo que lo lleva mi viejo, mi suegra o mi hermano y que está seguro”, nos cuenta Diego.

Los caballos son su pasión y algún día volverá a cabalgar como antes de ese fatídico 25 de junio

Hombre de a caballo

La recuperación de Nazareno continúa a buen ritmo. Los profesionales que lo atienden recomiendan que se acompañen esas mejoras y lo estimulen para que continúe avanzando a tal punto que se prepara para volver al colegio en el mes de marzo, terminando el sexto año que le permitan cumplir el sueño de viajar al exterior como petisero para, luego, hacer la carrera y ser policía de la Federal, como su padre.

Mientras tanto, cada día se anima a más, ya sea a subirse a su bicicleta playera, con la complicidad de los mellizos y salir a la calle a pedalear, aunque más no sea por el barrio o ir al campito donde están sus caballos y darse el gusto de subir a uno de ellos y volver a cabalgar.

L.V.: Después del accidente, ¿te animás a subir a un caballo?

N.G.: Sí y ya estoy intentando levantar el pato, pero todavía no llego.

Diego sonríe y dice que los mismos profesionales que lo asisten le han recomendado que haga equinoterapia por lo que están detrás de un centro que brinde esas sesiones que, seguramente, acelerarán aún más la recuperación, como para volver a desmentir a los médicos que diagnosticaron una recuperación lenta y que podría llevarle dos o tres años.

Nazareno también sonríe y, con picardía, nos dice que se va a recuperar mucho antes.

A lo mejor, cuando se cumpla el primer aniversario del accidente, Diego podrá cumplir su promesa de ir caminando a Luján y él podrá hacerlo en bicicleta (o a caballo).

De cualquier manera que lo haga será la mejor manera de agradecer a todos los que estuvieron a su lado desde aquel 25 de junio, pero, principalmente, por el milagro de la vida y por aquella bendita equivocación de los médicos que le salvaron la vida.

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