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Los Sapun, un interesante proyecto y una historia para contar

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Sobre la Av. Colón, entre Legorburu y Dumont, está naciendo un proyecto que tiene como protagonistas a dos emprendedores, padre e hijo, con una interesante historia para contar.

En primer lugar, debemos decir que, aunque tiene toda la pinta, no es un taller mecánico, sino una escuela de mecánica, algo que no sólo no hay por esta zona, sino que para acceder a la más cercana hay que trasladarse a Morón o a la Capital Federal, para ser más precisos.

José Luis Sapun es el instructor y tiene una vasta experiencia en el rubro ya que hace más de 20 años que dicta clases en un instituto privado de Morón, aunque ha dado cursos intensivos en buena parte de la Argentina y hasta ha participado de un concurso en Europa, donde obtuvo el segundo premio con un Scanner desarrollado por él mismo.

Cristian es su hijo y es quien lleva adelante la logística del centro de capacitación que comenzará a dictar sus cursos el lunes 6 de marzo, exactamente en un mes.

Pero ambos tienen otra historia en común, ya que el llegar a Gral. Las Heras no es obra de la casualidad, sino de la búsqueda de una mejor calidad de vida.

Los Sapun viven en Caseros. José Luis fue mecánico toda su vida, oficio y pasión por los fierros que heredó de su propio padre, quien llegó a ser mecánico de los hermanos Galvez en el Turismo Carretera. Pero nunca se conformó con eso y se capacitó de manera permanente, encontrándole el gusto a la docencia, por lo que desde hace más de dos décadas dicta cursos en el IFAM, el Instituto de Formación Automotriz que tiene su sede en la ciudad de Morón.

Cristian, además de ser un apasionado por la mecánica, se dedica a la venta on line de herramientas, es piloto privado de avión y fue quien tomó la iniciativa de buscar un lugar dónde sea posible esa mejor calidad de vida para compartir con Leila, su esposa y la pequeña Olivia (6).

Vivo de milagro

Lo que Cristian no cuenta es que ese deseo tomó más fuerza después del accidente aéreo que sufriera en Costa Rica hace poco menos de cuatro años.

Los diarios de San José, capital de ese país, correspondientes al 10 de mayo de 2019, titulaban la crónica: “pensé que me moría y atiné a no matar a nadie”.

Lo cierto es que José Luis, con los ahorros de toda su vida, había comprado en Miami un avión Cessna (lo que acá se conoce como avioneta) que iba a ser su jubilación. Para traerlo viajaron Cristian y Damián Barreira, el copiloto, quienes iniciaron el viaje por el sur de los Estados Unidos, México, El Salvador y Nicaragua, hasta llegar a Costa Rica, donde hicieron una parada técnica para cargar combustible y continuar el viaje. Damián ya era piloto y Cristian estaba completando sus últimas horas de vuelos cuando despegaron desde el aeropuerto de San José y a poco de comenzar a subir, se les plantó el motor del avión.

Por aquellos días, una crónica de la periodista Emilia Vexler, para Clarín, da cuenta que ambos pilotos comenzaron a planear entre las montañas, esquivando edificios, árboles y cables de alta tensión durante minutos que fueron eternos, hasta que encontraron, en un pueblo cercano, una calle en la que podrían impactar sin lastimar a nadie, aún sabiendo que sus posibilidades de sobrevida eran escasas. Lo cierto es que, cuando el choque era inminente y se aproximaban a una serie de viviendas y una escuela, decidieron impactar el ala del Cessna contra un árbol y caer a tierra con el avión destruido, pero cumpliendo el cometido de no lastimar a nadie.

Cuando iba a impactar respiré profundo y pensé que yo ya estaba muerto. Pero el resto de la gente… no. Así que decidimos impactar en esa calle sin arriesgar a nadie», describe Cristian, mientras espera que le entreguen sus radiografías.

¿Cómo es que salieron caminando como si nada? «No sé cómo estoy vivo», reconoce. «Después del impacto perdimos un poco la noción de dónde estábamos. Pero recuperamos la conciencia y cortamos el paso del combustible al motor para prevenir incendios. No tuve que abrir la puerta del avión porque realmente no sé dónde habrá quedado la puerta del avión. Nada más me paré y salí», decía la crónica por aquel entonces.

Tanto Damián, como Cristian tenían por aquel entonces 23 años. Olivia tan sólo dos.

José Luis (de espaldas) en acción. “La mejor carta de presentación es que nuestros alumnos salgan realmente capacitados”

Porqué Las Heras

Después de aquella experiencia, cobró más fuerza aún la idea de Cristian y Leila para buscar un lugar donde su hija (y Toribio que nacerá en mayo) puedan crecer en un lugar que se pareciera más al de su niñez que al actual Caseros en el que vivían los Sapun.

“Estábamos buscando en Internet y nos apareció dos veces una misma casa en Navarro, por lo que nos dijimos: “es una señal”. Así fue que a mediados del año pasado nos mudamos con la idea de montar el centro de capacitación allí”, nos cuenta Cristian y explica que no encontraban el lugar adecuado en la vecina ciudad y se plantearon la posibilidad de instalarse en Las Heras. “No perdíamos la idea de vivir en un pueblo, pero estaba más cerca de las grandes ciudades y había mejores vías de transporte para captar más alumnos”, asegura.

A partir de allí se fue precipitando todo. Su llegada a Las Heras, el recorrido por las inmobiliarias y la aparición del galpón que la familia Zóccola estaba construyendo sobre la Avenida Colón y que se adecuaba a sus necesidades, aunque aún tenía mucho trabajo por hacer.

“Desde un primer momento nos dieron todas las posibilidades y hasta le fueron dando al galpón las terminaciones que nos eran útiles para montar el centro de capacitación. A fin de año nos lo entregaron y nosotros pusimos manos a la obra para montar todo, hacer una administración, instalar las maquinarias y herramientas y lo que va a ser el salón de clases teóricas, cuyas mesas fabricamos nosotros mismos. Hicimos todo a pulmón porque queremos que el alumno tenga todas las garantías posibles que de aquí se va a ir sabiendo realmente cómo hacer su trabajo”, explica Cristian y José Luis, agrega que cada una de las herramientas y maquinarias con las que cuenta el Centro son nuevas y hay desde simples llaves a complejos scanner y máquinas para que los estudiantes puedan vivenciar lo que es realmente la mecánica de un automóvil.

El Centro de Capacitación del Automóvil dicta un curso de tres horas semanales (en un solo día) que se extiende por dos años. “El primero es de nociones básicas de mecánica para que los alumnos tengan la base sobre lo que se trabaja en segundo año y que está relacionado con los sistemas de inyección”, dice José Luis y Cristian nos cuenta que recién en las próximas semanas comenzarán a darle difusión al proyecto, más allá de su propia página de Instagram y de los estudiantes que concurrían a Morón y que este año cursarán en nuestra ciudad. “Ya tenemos 50 inscriptos, pero lo ideal sería poder duplicarlos para dictar clases martes, viernes y sábados”, señala.

En las próximas semanas intensificarán la divulgación, porque las clases comienzan, sí o sí, el 6 de marzo.

Nuevos vecinos

Cristian y su familia ya han conseguido casa en nuestra ciudad, por lo que se preparan para mudarse en los primeros días de marzo con todo lo que ello implica, ya que deberán conseguirle escuela a Olivia que comenzará a cursar el segundo grado, justo cuando se ponga en marcha el CCA.

“Recién estamos conociendo el pueblo y estamos encantados con lo que vamos viendo. Toribio será el primer herense de la familia”, nos dice Cristian y José Luis planea que muy pronto también se instalarán aquí con Mónica, su esposa, aunque, por el momento, le va dando forma al “sarcófago” en el que piensa pernoctar cuando se tenga que quedar de un día para otro para dictar los cursos.

Después de los cachetazos que les ha dado la vida con el accidente de Cristian que terminó siendo tan sólo una anécdota y la pérdida de Gisela, su hermana, que falleció de cáncer con tan sólo 28 años de edad, los Sapun esperan encontrar aquí la calidad de vida que siempre buscaron.

Su proyecto es tentador y puede ser de gran utilidad para toda la comunidad, acostumbrada a tener en su seno casas de estudios superiores a los que concurren estudiantes de toda la región.

El CCA está en marcha y los Sapún se preparan para convertirse en nuevos vecinos.

Cristian y Leila festejando los 6 de Olivia y esperando a Toribio

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