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“Fui feliz trabajando en el Hospital”

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El trabajo, cuando se ejerce con vocación, deja de ser trabajo

Domingo al mediodía, vísperas del Día del Trabajador y una celebración doble.

La reunión de viejas compañeras de trabajo con su jefa y el festejo de su cumpleaños N° 89.

La anfitriona es Alba Mena, de ella se trata y, nuevamente, como suele ocurrir cada año, su cumpleaños es motivo de reencuentro.

Esta vez no tuvieron el clásico asado en el campo porque el pronóstico del tiempo advertía que llovería durante gran parte del día, cosa que finalmente no ocurrió.

Es por ello que la mesa los encontró “en el pueblo”, como solemos decir los que nos criamos “mitad y mitad” y allí estuvieron las más jóvenes, las que se incorporaron cuando Alba ya se estaba retirando y aquellas primeras compañeras, egresadas junto a ella de la escuela de enfermería de la Cruz Roja de Morón.

“Empecé a trabajar como mucama en el Hospital de acá – dice refiriéndose al centro asistencial que lleva el nombre del recordado médico local, Dr. Pedro Arozarena que estaba a una cuadra de su casa y al que recuerda como el puntapié inicial de su carrera, porque fue allí que la alentaron a estudiar enfermería – y vieron que tenía condiciones para ser enfermera por lo que me insistieron para que comenzara a estudiar. Mi mamá y mi hermana Nilda me cuidaban a los chicos (Daniel y Carlitos, fallecido hace algunos años) y empecé a cursar pero, cuando aún no me había recibido, una compañera me dice que estaban buscando enfermeras en el Hospital de Haedo (Profesor Dr. Luis Güemes). Nos presentamos y enseguida me tomaron y me asignaron al tercer piso que era de cirugía”.

Como en cada fin de abril, el reencuentro es en Las Heras

Así fue como Alba se inició una carrera que se extendería por más de treinta años, siempre en el mismo Hospital que por entonces era uno de los pocos que funcionaba en la zona oeste, por lo que las derivaciones eran permanentes y ella fue pasando por los diferentes pisos en los que se relacionó con pacientes de traumatología, cirugía general y hasta con neurocirugía, uno de los más concurridos y que estaba en el último piso del imponente edificio ubicado sobre la Segunda Rivadavia, frente a las vías del Ferrocarril Sarmiento.

Las anécdotas se suceden alrededor de la mesa. Alguna, compañera de esa primera aventura, recuerda aquellos años en los que había que correr diariamente para atender a todos los pacientes, siempre bajo la atenta mirada de la caba (primero) y la supervisora (después) una jefa que solía ponerse el “delantal” y, codo a codo, con sus enfermeras, pasar una medicación o curar la herida de una cirugía, pero también compartir una rueda de mates en el office que era el lugar de reunión a la hora del descanso y el punto de partida cuando una emergencia ponía a todo el equipo en movimiento.

Una de las compañeras más jóvenes bromea con la edad y dice que fue su jefa cuando ella estaba en la primaria, pero todas resaltan que, más allá de las jerarquías, Alba era una compañera más de trabajo y eso se puede percibir ya que aún, treinta años después del retiro, suelen venir cada fin de abril a festejar el cumpleaños de “su jefa”.

Alba cuenta que viajaba todos los días al Hospital. Se iba a la mañana y regresaba bien entrada la noche, pero lo hacía con gusto porque la enfermería era su vocación.

Trabajando en el Hospital fui feliz”, nos dice días más tarde en su casa cuando recuerda que, para los pacientes que iban derivados desde el pueblo, era una especie de hada madrina, ya que solía presentarlos como familiares, amigos o vecinos para conseguir una mejor internación o una atención más rápida. “Cuando iba alguien de Las Heras, los médicos ya me llamaban y me decían: “Alba, este es de Las Heras, hacete cargo vos” y yo me internarlo de hacerlo y de asistir a sus acompañantes que, muchas veces, tenían privilegios de los que no gozaban los familiares de los otros pacientes”, nos cuenta, recordando que, durante muchos años, esa tarea fue compartida con una colega, vecina y amiga, puesto que Aída Codsi, por ese entonces también se desempeñaba como enfermera en “el Haedo”.

La sobremesa se extiende hasta bien entrada la tarde y los últimos brindis son por el día siguiente, ya que el homenaje a los trabajadores les hará seguir rememorando anécdotas, recordando a médicos y compañeras de trabajo de una época en la que, como todas coinciden, fueron felices haciendo lo que la vocación les había puesto por delante.

Alegrándose por un paciente que se recuperaba, pero con una mueca de dolor cada vez que uno no lograba salir y había que contener a la familia en ese momento único al que sólo se puede enfrentar cuando se cumple una tarea desde el corazón.

Vocación que le dicen, esa que no se termina con el pase a retiro porque se es docente, enfermera, bombero, periodista o policía para siempre y eso ocurre cuando el “trabajo” se ejerce con la pasión de los elegidos.

La vocación de enfermera tiene que ver tanto con la ciencia, como con la fe. La misa del día de los enfermeros en “el Haedo”, como ocurría cada año.

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