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Cuatro fotos y una historia (con final feliz)

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En abril del año pasado nos llegó una foto en la que se veían cuatro manos pelando dos pollos, más parecidos a palomas que a aves de corral. El objetivo era ponerle algo de proteínas a unos fideos flacos de un domingo de lluvia en un desvencijado horno de ladrillos.
Publicamos la foto y contamos la historia de Candelaria Rojas y sus hijos. Ellos vivían en una casa, casi en ruinas, en lo que fue un horno de ladrillos, entre Hornos y Villars.
Su esposo trabajaba en otro horno de las inmediaciones, pero tenían muchísimas dificultades económicas.
De todas maneras, Candelaria se las ingeniaba para enviar a sus hijos a la escuela todos los días, primero caminando unos dos mil metros hasta la calle ancha y, luego, regresando casi al atardecer en época de invierno.
Los Rojas necesitaban una mano porque la casa que habitaban se llovía por todos lados y, cuando ésto ocurría, todos los chicos debían “amontonarse” en una única pieza.
La respuesta solidaria de los herenses fue unánime y en unas pocas horas se había reunido con creces el dinero para cambiar todo el techo.
Pero siguieron apareciendo manos solidarias y pocos meses más tarde les habían conseguido un terreno en la localidad de Villars y se fueron sumando voluntades para que la historia tuviese un mejor final que el que les había trazado el destino.
Claro está, no alcanza con la voluntad de unos cuantos, por más fuerte que sea, porque ellos también debían aportar lo suyo y lo hacía de la mejor manera: apostando al futuro de esos hijos que merecían una vida mejor.
La humilde vivienda iba tomando forma, pero otro día se necesitaban una mesada, una salamandra, algunas cerámicas y un calefón eléctrico y en pocas horas, se hizo el milagro, y después aparecieron mesas y sillas y desde Desarrollo Social también “se pusieron la 10” (como dicen los chicos) para ir construyendo una historia con final feliz que aún debe unos cuantos capítulos.
El primero de ellos ha de ser conseguir unas pocas cosas que le faltan a la casa y, el más importante de todos, que esos chicos que una tarde hacían los deberes acostados en el pasto, a orillas del camino, puedan seguir estudiando y el día de mañana sean hombres y mujeres de bien, seres humanos que no olviden que la solidaridad es capaz de obrar milagros, pero que esos milagros también deben apuntalarse con trabajo y sacrificio.
Aquellas abuelas con sus mochilas al hombro plantaron las primeras semillas que cayeron en tierra fértil y ahora esperan por sus frutos.
Algunos pusieron sus pequeños granitos de arena, otros aportaron sus manos y una voluntad enorme porque, como diría Fito Páez: “No todo está perdido/ si yo vengo a ofrecer mi corazón”.
El agradecimiento eterno para TODOS los que lo hicieron posible. En momentos tan difíciles como los que vivimos, una mirada plena de esperanza tiene un valor incalculable.

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