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Mamushi, lo logramos

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Quienes tuvimos la desgracia de perder a algún ser querido (o a dos) por esa enfermedad que hasta nos cuesta nombrar, sabemos que lo peor no es el final, que en la mayoría de las veces, nos encuentra resignados, sino el principio, ese día en el que el médico te dice: “Los estudios salieron mal”.

Muchas veces el mal logra su cometido, pero en otras se le puede hacer frente y, tomándolo a tiempo, se le puede dar batalla y hasta es posible derrotarlo.

Por esta razón, hoy en algunas mesas habrá una silla vacía, pero en otras se escucharán fuertes los brindis y las risas taparán la música y los ruidos de la calle.

Por eso, es una buena oportunidad para recordar que se puede, que se tienen que dar ciertas condiciones, pero se puede y para ellos hay tres factores fundamentales: el valor de quien lo padece, la ciencia y el apoyo de los seres más cercanos, determinantes a la hora de “ponerle el pecho a las balas”.

Entre esas mesas felices, seguramente estará la de “Viro” y el “Pato”. Es que si decimos Elvira Funes y Eduardo González, a muchos se les cruzará un signo de pregunta.

Es que hace algunos días, Viro vivió el momento que venía esperando desde hace más de un año, el más difícil de su vida.

Daniela (su hija) tenía que ir al médico, entonces le dije que me tendría que hacer un control, porque tenía algo que no me gustaba debajo de uno de los pechos. “Yo te saco el turno”, me dijo decidida y, como no había más turnos, Inchausti (Juan Pablo) me dio un sobreturno. Cuando me revisó, me dijo de una que no le gustaba nada, que había que hacer estudios, pero que estaba seguro que era malo. Me punzó y mandó a analizar la muestra, pero nos dijo que no había que perder tiempo, que había que operar cuanto antes. Se me vino el mundo abajo”, recuerda Viro de aquel día fatídico del abril del 2021.

Para colmo de males, sabían que las cosas por PAMI no serían fáciles, porque los turnos se daban a varios meses y el médico había dicho que no tendría que perder tiempo. Lo cierto es que cuando llegó a casa, su hija había convocado a sus hermanos y los cinco decidieron que no se podía esperar, que ellos se harían cargo de todo, como fuera.

Guillermo, Ezequiel, Daniela, Evelin e, Ignacio, el más pequeño de la familia que es el único que aún vive con ellos, actuaron con rapidez y la operación se hizo en la Clínica Cruz Celeste de Mercedes apenas se terminaron los estudios pre quirúrgicos.

Sacamos 18 ganglios que estaban infectados. Tuvimos que ir más profundo de lo que creíamos, pero sacamos todo. Ahora hay que seguir con la quimio”, les dijo el profesional cuando salió del quirófano.

Lejos estaban de ganar la batalla. Vendrían los viajes hasta el Hospital de Navarro, donde un equipo de profesionales increíbles, le pasaban la droga durante seis horas interminables. “Fue terrible. Lo peor venía después. Estaba dos o tres días para recuperarme. Casi no podía caminar y hasta un día me levanté para ir al baño y, cuando volvía a la habitación, perdí el equilibrio y me caí, ni siquiera pude apoyar las manos”, nos dice  y a cada momento interrumpe el relato para pedirnos que le agradezcamos a todos los que estuvieron a su lado, desde los médicos que la atendieron, a los vecinos que pasaban casi a diario a preguntar cómo estaba, a la familia que, a su vez, vivía también momentos difíciles, con pandemia incluida.

Los “González” juntos hace más de 40 años. Ella tenía 16 y el 18 cuando se casaron.

Es que en los casi 18 meses que duró el tratamiento, fallecieron cinco de los nueve hermanos Funes que quedaban, ya que Irma había partido hace algunos años ya.

Pedro, Juana, Luisa, Víctor y Teresa fueron golpes duros para todos, especialmente para Yoly, Mary, Haydeé (que también debió lucharla durante años) y Elvira que, cuando estaba terminando las sesiones de quimio que, cada 21 días, ponían a prueba su fortaleza, recibió otro duro golpe.

Me dijeron que habían detectado un nuevo tumor en la misma zona. Que era de milímetros, pero que había que extirparlo enseguida”, recuerda. Esa operación fue en la ciudad de Lobos, resultó exitosa y continuó con sesiones de rayos que serían nuevamente una prueba de su voluntad para salir adelante con el acompañamiento incondicional de los suyos. Esta vez no serían cada tres semanas, sino todos los días, de lunes a viernes y en una clínica de San Martín. “Eran dos o tres horas de ida y otras tantas de vuelta, cuando no nos encontrábamos con un embotellamiento y teníamos que estar dos horas parados en la ruta. Todos los días”, dice Eduardo, su esposo.

Y, si la quimioterapia había sido difícil, los rayos quemaban la piel y no había crema que pudiese con ellos, de hecho que aún hoy le quedan huellas de aquel tratamiento completamente agresivo, pero eficaz.

El sacrificio, la voluntad, el tesón, la fortaleza propia y de los suyos dieron resultado, porque en los primeros días de la presente semana, en el Hospital de Navarro (“son todos increíbles”, nos dice) Stella Maris Arias le dio la noticia que estaban esperando desde hace meses: “Ya no hay rastros de la enfermedad, aunque tienes que seguir controlándote cada seis meses”.

Esta vez las lágrimas fueron de felicidad y de agradecimiento, pero también de esperanza para quienes atraviesan esos difíciles momentos. “Ese es el mejor mensaje que puedo darles. Tengan fe que es una batalla que se puede ganar”, dice Viro esperando este domingo de mesa grande y abrazos interminables, cuando vuelva a escuchar esa frase que le llena el alma: “Mamushi: lo logramos”.

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